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Historia de la Procesión del Corpus Christi en Madrid

Este año tenemos una fiesta algo inesperada en el calendario porque el 19 de junio, día del Corpus Christi, será festivo. Hace tiempo que el Corpus dejó de ser fiesta nacional, pero hubo un tiempo en el que era una de las celebraciones más importantes del año y la procesión, la más esperada en Madrid, además de una de las más pintorescas, así que hoy hemos decidido contaros en qué consistía.

La celebración del Corpus Christi surgió en el siglo XIII en Lieja (Bélgica) y fue Urbano IV quien la instituyó oficialmente en el jueves siguiente a la octava de Pentecostés, de ahí el dicho popular madrileño “Hay tres jueves al año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Esta festividad, que parece que al principio no tuvo mucho seguimiento, fue tomando importancia en la Villa hasta el punto de que en 1482 la reina Isabel la Católica presidió la procesión descalza y portando una vela; desde entonces la popularidad de la festividad del Corpus no dejó de crecer y otros reyes participaron también en épocas posteriores. Coincidiendo con su momento de mayor esplendor, durante el reinado de Felipe II, el concejo de la Villa mandó elaborar una custodia de plata que todavía hoy se sigue utilizando y que se guarda en el Museo Municipal.

La celebración comenzaba ya el día anterior, en el que una comitiva que partía de Santa María de la Almudena -la iglesia más importante y más antigua de Madrid hasta que fue demolida en 1868- y que presidía su sacristán recorría las calles por las que iba a pasar la procesión animando a la gente a decorar los balcones y las fachadas. Ya en esta comitiva iba uno de esos personajes que hacían pintoresca esta celebración, el conocido como mojigón, ataviado con un traje de colores y grandes botones (botarga) y que llevaba en la mano una vara con vejigas hinchadas atadas a ella, con la que iba golpeando a cuantos se encontraba a su paso. Completaban la comitiva un grupo de personas disfrazadas de moros, diablos y ángeles y un joven que hacía las veces de San Miguel y la cerraban el tamboril y la gaita. Cuando la comitiva llegaba de nuevo a la iglesia, se realizaba una danza en la que los ángeles luchaban contra los moros y los diablos hasta que triunfaba San Miguel, que decapitaba a un monigote que representaba a Mahoma.

Y llegaba después el gran día, en el que lo profano se mezclaba con lo religioso porque lo primero en salir en procesión era la tarasca, una especie de carroza con una estatua de madera articulada, mitad dragón y mitad serpiente, sobre la que se colocaba una figura de mujer que solía simbolizar el triunfo del bien sobre el mal, pero que en Madrid se interpretaba como la representación de todos los vicios y todos los pecados. No salía sólo en esta fiesta, sino que a la tarasca se la paseaba por la ciudad también en otras celebraciones y en todas los asistentes aprovechaban para lanzarle piedras y palos que la dejaban bastante maltrecha.

Con la tarasca iban el tarascón y la tarasquilla, también figuras de madera. Con el tiempo se hizo costumbre vestir a la última moda a todas estas figuras, de lo que surgió la cantinela: «Si vas a los madriles / Día del Señor, / tráeme de la tarasca / la moda mejor, / y no te embobes, / que dan en la cara / los mojigones». Para cerrar esta peculiar comitiva se sacaba a los gigantones y a la gigantilla, muñecos de cabeza y extremidades desproporcionadas que se llevaban en hombros y se hacían girar y danzar y que fueron los antecesores de nuestros gigantes y cabezudos.

Y a continuación un cortejo no menor formado por todas las fuerzas vivas de la ciudad. Para hacernos una idea de la longitud de esta procesión que serpenteaba por Madrid el día del Corpus, en una de sus celebraciones durante el reinado de Felipe IV aprovechando la presencia de Carlos Estuardo, Príncipe de Gales, en 1623 para tratar de casarse con la infanta María, se llegaron a sumar más de 2100 participantes sólo entre frailes y clérigos, a lo que había que añadir miembros destacados de la Corte, del gobierno de la Villa, representantes de los órdenes militares y de los gremios y corporaciones, entre otros. En mitad de este gentío y escoltada por los más altos cargos del reino y de la villa iba la custodia, a la que seguían el rey y su comitiva, algo que no solía ocurrir pues normalmente la familia real seguía las procesiones desde los balcones de palacio.

La procesión iba acompañada de música, solemne al paso de la custodia y antes sonajas, trompetas y panderos que invitaban a la gente a bailar alrededor de la tarasca mientras ésta movía el cuello de un lado para otro, dando un susto a más de uno de los presentes al levantarles el sombrero. Las mujeres, para no ser menos que la tarasca, solían estrenar ese día su traje de verano, además de acicalarse con perfumes y afeites, aplicados con ese peculiar sistema del que os hablamos hace poco al relataros las costumbres higiénicas de los antiguos madrileños. Comenzaba en la iglesia de Santa María y se dirigía por la Calle Mayor a la Plaza Mayor; después seguía por la Calle Toledo, pasaba por Latoneros y llegaba a Puerta Cerrada, desde donde embocaba por la Calle Sacramento hacia la Plaza del Cordón y, volviendo a la Calle Mayor, acababa de nuevo a Santa María. Todas estas calles se llenaban de telones blancos y azules que las cubrían a modo de toldos; de tapices de la colección real; de brocados, telas y bordados que colgaban de los balcones, y de flores que lo llenaban todo de color. Además los pintores sacaban sus cuadros a la calle a modo de exposición.

En la puerta de Santa María se vendían rosquillas, buñuelos y bebidas y la fiesta se completaba con corridas de toros en la Plaza Mayor y autos sacramentales escritos cada año por los más insignes poetas de la Corte, como Tirso de Molina, Lope de Vega o Calderón de la Barca, el más reconocido autor de este tipo de obras de su época. No eran cosa de poco estos autos, que trataban de hacer comprensibles al común de los mortales algunos de los más intrincados aspectos de la Teología cristiana; para representarlos se construían escenarios de hasta dos pisos y complejas tramoyas, todo lo cual se montaba sobre dos carros que se ensamblaban en las plazas y espacios abiertos donde se representaba el auto y que eran todo un prodigio de la ingeniería.

Pero toda la fiesta que os hemos contado debía de parecer demasiada algarabía para la austera y ortodoxa corte de Felipe II, quien prohibió el baile durante la procesión salvo en el caso de los niños, además de la venta de viandas en la puerta de Santa María. Felipe III confinó la tarasca a la puerta de la iglesia de Santa María y sólo con Felipe IV se recuperó todo el ceremonial, hasta que finalmente Carlos III prohibió la salida de toda la parte festiva y pagana de la comitiva -la tarasca, la tarasquilla y el tarascón y los gigantones y gigantilla- por considerarlos poco reverentes.

Así que si este año os pica la curiosidad y queréis acercaros a ver la procesión del Corpus Christi, que todavía recorre las calles de Madrid y sigue siendo multitudinaria, no esperéis ver seres mitológicos y muñecos con vestimentas estrafalarias porque hace tiempo que dejaron de animarla. Eso sí, un día de fiesta, con o sin procesiones pintorescas, siempre es bienvenido, así que ¡disfrutadlo!

Acerca de: Diego Antoñanzas de Toledo

Fundador y emprendedor ilusionado en Madrid and You. Instagram @oidoenlacena

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